Por un diálogo de civilizaciones

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<<Por un dialogue des civilisations>>, por Roger Garaudy.
EDICUSA. Traducción por Esther Benítez

Introducción

Varias expresiones resaltan del texto de Garaudy en su introducción. Por sí solas pueden ilustrar el pensamiento que invade sus ideas. Éstos son: <<Occidente es un accidente>>, <<el mal blanco>>, <<historia de las ocasiones perdidas>>, <<rehacerlo todo sobre nuevas bases>>, y finalmente, <<diálogo de las civilizaciones>>.A pesar de haber sido escrito en 1977, tanto sus datos históricos revisionistas como la ideología de la gran mayoría del mundo occidental continúa aún hoy vigente, a pesar de los intentos de cambiarlo por parte de los colectivos que abogan por un entendimiento entre culturas.
<<Occidente es un accidente>> hace referencia a esa península de Asia parapetada tras los Urales que como una “desdichada excepción en la epopeya humana (…) esclaviza y domina al mundo ahogando todas las demás culturas”. Ésta desembocaría en <<El mal blanco>> , la penosa actuación del hombre occidental como artífice de la manipulación de las cosas y los hombres erigiendo sobre ellos los valores de la ciencia y la técnica.
Esta ideología llevará al continente europea a protagonizar una <<historia de las ocasiones perdidas>> entendida ésta como las ocasiones de contacto intercultural que podrían haber redundado en un enriquecimiento humano y que, a causa de una superioridad no cultural sino militar, Occidente se inhabilitó para aprovechar.
Garaudy apuesta aquí por un futuro de acercamientos y <<diálogo de civilizaciones>> donde no se parta de una ideología individualista sino asociativa, reuniendo los objetivos de asociaciones y comunidades desembocando en la invención de un futuro por y para todos.
Ésto permitiría recuperar una política secuestrada y convertida en mera alienación tecnócrata e instrumento de poder en una reflexión sobre los fines y compromisos de cada cual respecto a toda su vida. Definiendo del denominador común de las aspiraciones de todos, se abriría un horizonte a nuevas posibilidades.
Pero para ésto es necesario <<rehacerlo todo sobre nuevas bases>> e interrogar a las sabidurías y las rebeliones de tres continentes.

Viniendo de un filósofo que viajó por todo lo largo y ancho del continente, lector desde la Epopeya de Gilgamesh hasta el Popol Vuh maya, pasando por el Corán, el Bhagavad Gita, la Biblia o el Tao, el análisis de sus ideas, ya célebres en determinados círculos científicos (su primera edición data de Abril del 1977), promete ser de gran enriquecimiento y de un innovador y holístico punto de vista sobre determinados hechos que el lector medio consideraría dados por sentado.

Capítulo I
La Tierra del Crepúsculo y sus mitos 

En este primer capítulo Garaudy intenta hacernos apreciar dos importantes ideas:

a) Nuestro mundo cultural occidental proviene de una serie de mitos, reproducidos incesantemente y creidos a pies juntillas durante muchos siglos.

b) Nuestros orígenes se centran en Asia y África. No es una mera obviedad. Ésta aseveración está dirigida a esos orgullosos “sabios” que en muchas tertulias repiten lo que siempre escucharon porque les convenía.
Ésto es, no se refiere aquí Garaudy a que el hombre como especie animal vino de África. Se refiere a que las bases culturales y sociales de Occidente se las debemos a Mesopotamia y Egipto: a  esos continentes que miran algunos con desdén. Los mismos que no llegan a plantearse que, la tríada occidental (catolicismo, derecho romano y tradición griega) nacieron y vivieron de éstos continentes.

 Nuestros orígenes

El estado de ánimo occidental que podríamos caracterizar orientado a la dominación de la naturaleza y de los hombres aparece magnamente caracterizado en el poema de Gigamesh. Su dominación de hombre y natura y su contraste entre nomadismo y sedentarismo la hace muy comprensible en nuestros días. Roger transcribe un párrafo en el que el héroe se dirige a Shamash, el dios del Sol y le explica el por qué franquear sus límites:

<<Aqui en la ciudad, el hombre muere con el corazón oprimido, su horizonte es demasiado estrecho. En la ciudad ha aprendido a vivir, no ha aprendido la vida. Muere porque su vida ya no tiene sentido, encerrado en límites demasiado estrechos. 
He mirado al otro lado de las murallas y he visto cuerpos flotando sobre el río. El horizonte formaba otra muralla>>
Hablar de la Grecia clásica es hablar de Egipto. Y hablar de él es hacerlo de una cultura cuyo su icónico dios Osiris, es alguien que <<convierte la resurrección en ley universal de la vida y de la historia>>. Le meditación egipcia sobre la muerte, su voluntad de imprimir una huella perdurable en la naturaleza, la inmortalidad…Un repaso rápido y profundo nos muestra aquellos detalles que nos dan sentido a los occidentales como cultura. Akhenatón sería un faraón que influiría poderosamente en sus contemporáneos, poco antes de que, a pesar que surjan otros conquistadores, la aportación egipcia al mundo llegue a su ocaso. Su imposición de una religión y dios únicos, el giro copernicano de su relación con lo divino y el amor mismo, sería recogido por los griegos e incluso la Biblia.
Es en esta parte del mundo donde se empieza a forjar la ideología de dominación de la naturaleza  y cómo el hombre levanta su pensamiento abstracto e individualismo contra ella para dominarla. Haciendo eso, cortó también sus raíces con sus fuentes orientales. El contraste devenido con los años sería brutal: mientras unos proseguían con su dominio de la naturaleza, reduciéndose cada vez más a seres humanos unidimensionales, otros intentaban fundirse con ella.
De ahí a la esclavitud del hombre al pensamiento conceptual, un paso.
Nuestros mitos

Maratón constituye aquí según Garaudy un claro ejemplo de mitificación de un hecho aislado y fácilmente desacreditable. Esta victoria griega se convertiría en un himno y “símbolo del hombre libre luchando contra la opresión, la democracia contra la tiranía, la civilización contra la barbarie”, con unos aguerridos griegos combatiendo contra bárbaros asiáticos.
No sólo hemos visto esta contienda desde el lado griego, sino que resulta curioso el silencio o la poca emoción del resto de autores griegos por el caso, excepto Herodoto y Tucídides. Éste último por ejemplo le dedica unas pocas líneas a la batalla, y del primer autor Plutarco invalida su juicio argumentando que solía exagerar las gestas de los enemigos para ensalzar las victorias amigas.
Una lectura atenta del mismo Herodoto revela todavía más. La historia sería como sigue: Hipias, el traidor griego anima y empuja a Jerjes a la conquista. Una vez llegado el ejército, Hipias es incapaz de sublevar a sus gentes para volver al sistema aristocrático. Por tanto, el día de la batalla las tropas de persas deciden embarcar, haciéndolo primeramente la caballería. En ese momento, Milcíades lanzó sus hoplitas contra los infantes persas que libraban una batalla de retaguardia para proteger el embarque. Los persas fueron derrotados en ambas alas, aunque vencedores en el centro, exitosos en el embarque y capaces incluso de permanecer algunos días más en las costas enemigas esperando un posible levantamiento, antes de volver a casa con todo el botín.

No sólo no fue una gran victoria, sino que años después el gobernador de Jonia, Tirabazo, promulga un edicto por el cual concede magnánimamente la independencia a las ciudades griegas, e incluso se permite amenazarles para que así sea.Tal es así que Isócrates, acérrimo enemigo de los persas, escribe:

<<Ahora es él (el bárbaro) quien arregla los asuntos de los griegos, ordena lo que cada cual debe hacer y se limita a abstenerse de establecer gobernadores en las ciudades>>

Se pregunta así Roger, ¿sigue siendo cierto que se trató de una contienda entre la civilización y la barbarie?

Por si lo que nos preocupa es el plano religioso, y queremos encontrar en él la barbarie, nos indica que en aquellos años Persia ya no era politeísta sino mazdeana. Desde el punto de vista moral, Esquilo nos muestra el ensañamiento de los griegos contra los náufragos persas que intentaban llegar a la orilla, golpeados a golpe de remo <<como atunes>> , mientras que pruebas demuestran que la gran cantidad de griegos expulsados de su país fueron acogidos como huéspes en Persia.

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