Día diez mil quinientos cincuenta y uno

Perdidamente absorto, Caleb aparta el libro de su regazo y lo deja sobre la mesa, junto al resto. Esta parece el mostrador de una tienda de libros. El Fin de la Historia, 1984, La Llamada de lo Salvaje, Viaje al Centro de la Tierra, El Corazón de las Tinieblas, El Señor de los Anillos, El Lobo Estepario forman un decorado gris sobre el que resuena e forma casi onírica la voz de Vedder en televisión. Mantiene desde hace cuarenta minutos el cursor sobre la página en blanco, intentando en vano encontrar las palabras que inicien su particular discurso.

Gracias a los apoyos de sus amigos había abierto el ordenador decidido a poner por escrito aquello que le importaba en la vida y que -por otro lado- tan bien sabía defender oralmente. Pero al darse cuenta -una vez más- de que no resultaría tan sencillo, recorrió la estantería seleccionando aquellas obras que creía le habían marcado especialmente, por ver si de esa forma todo cobraba sentido. No fue así.

Society, you’re a crazy breed…. Aún resuena en su cabeza cuando cae en la cuenta de que se encuentra en un callejón sin salida. Izando un lacónico gesto en el rostro, revisa el despliegue literario de su mesa y maldice para sí. Pese a que siempre intentó encontrarse, ser él mismo y “tener carácter”, se encuentra convertido en la escena de una película. Particularmente en el tópico personaje –el intelectual desolado- del que no es capaz de huir. Indefenso, en parte por las imágenes que el cine implanta en los subconscientes. Sonríe para sí al caer en la cuenta de que dicho personaje es argumento cliché de todos los escritores descorazonados y enfermos de sí mismos.

Agarra El fin de la historia y el último hombre con desgana. No ha conseguido leer a Fukuyama. La sinopsis y alguna sucinta crítica de internet ha sido más que suficiente para eliminar su interés. Siente que de alguna forma cuanto va a leer es lo que le enseñan por esa televisión olvidada. El título había llamado su atención en un principio, pero la obra resultó ser totalmente diferente a como esperaba. A pesar de ello, el título resumía a la perfección lo que sentía en ese momento. No había trama que narrar o ideas que defender que no pudieran ser deslegitimadas por un crítico, un profesor, un politólogo o un obispo. Ya estaban escritas, criticadas o defendidas mucho antes y de una forma mucho mejor de lo que él podría practicar jamás. La historia de la humanidad ha dado tanto de sí como su ficción. Por tanto, ¿de qué serviría plantearse algo distinto? Sí, está cansado pero decide obligarse a no claudicar: se dejará llevar por todo lo que siente muy adentro y lo inmortalizará todo.

Caleb aparta el libro de su regazo y lo deja sobre la mesa, perdidamente absorto, junto al resto.

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